Zatapathique • 10 ene 2026 • 5 min de lectura • 824 palabras
La primera vez que yo mamé un güevo derramé dudas sobre todas las cosas, se me espesó la garganta, se me aflojaron las tripas, y salí a caminar para no quedar inválido. Las gomas de los carros no estaban en esa, iban cogiendo las aceras y salpicando charcos para refrescarse, un don con cara de güallo abollado estaba agachado mientras apretaba un mojón entre las chapas que gritaba por que lo dejara caer y freía un huevo en la tapa de una alcantarilla cantando, “ya prendió el anafe el diablo”
Frente al parque ejecutivo donde se aglomeraban las moscas a presenciar una sentencia, se subían en horcas algunos desesperados por ver a los ejecutados y terminaban por morir asfixiados ellos primero.
Una señora que parecía una niña vieja que se la había comido un castor, señaló con un bastón quillado en vidrio de botella cervecera hacia el patíbulo-playground, “esos son los que comieron carne en Viernes Santo, yo ando aquí buscando quien me instale una polea en el balcón de mi casa para yo no tener que bajar al colmado porque ellos no quieren subí”
Hoy también era viernes, Publio, allá en el barrio, en vario barrio en verdad, siempre bautiza los viernes sociales que los cuerpos lo sienten cuando las emisoras en los conchos entre anuncios, grajo y salsas tocan el sonido de la botella de romo chocando y llenando el vaso. “Hoy se bebe!” Eso cuando tiene cuartos, y cuando no, de todos modos, milagrosamente y sin tener para comer, lo encuentran, como en uno de esos viernes, mañana de 25 de diciembre, tan borracho que pensaba que ya era día primero, y en ese anduvo dándole tingola a la popola de Fátima entre los pantis rojos de bolita enchumbados de un queso que goteaba picantino. Más social de ahí no puede ser el viernes, quien se puso tan sensual que hasta se partió con dedo metido en la boca, viró los ojos y se le salió un galillo costeño. Perro viernes.
Yo todavía sacándome pelitos de entre los dientes y rascándome la garganta para que se me fuera el sabor a cloro, pensé que era tiempo de cometer algo drástico. Me descocoto y mi cuerpo se despluma, se me desencaqueta el espíritu y veo a San Quintín. “¿Y la muerte?”
San Quintín es un hijo de la Gran Puta, de séptima generación y también de Primera, heredero de un colmado instalado frente a un colmadón, a partir del gobierno pasivo, que es el que siempre tiene la culpa de los problemas del gobierno activo, empezó a ver a las señoras cada vez comprar menos sopita y dar más la popita, cogiendo el atajo hacia las fauces de esa discoteca con letrero de bodega donde asimilados y futuros evangélicos aún con sus biblias metidas en los sobacos hasta que la B se les puso minúscula y se les borro lo Santa, que era el nombre de la que le rompió el corazón a ese empleado mal pagado que ahora me miraba cansado. “¿Dónde tú crees?”
En ese momento en un bosque en la esquina del pasado cayó el pegote de lava que inició el incendio que masticó el conuco de Matías Cecilia el tanguero. Debido a logística compleja y falta de tacto por parte del personal autorizado, tuvieron que reponer la escena dos pariguayos con dientes de sorbete por los cuales se desentendía una voz que la del uno era la del otro sin alguna vez saber cual verdaderamente hablaba. Entonces el tanguero volvió al pasado viviéndolo desde este mismo momento, como si el tiempo fuera opmeit.
En ese futuro disléxico se obsesionó con los mensajes subliminales que decía toda la música tenía si la tocabas al revés. Se pasaba las tardes dándole reversa a los LP de la colección de su abuelo. Siempre andaba con una casetera devolviendo estribillos y cantando coros volteados como conjuros que le procuraron regulares cubetazos de agua los cuales reemplazaron sus baños, y cuando salieron al mercado los discos compactos perdió la cordura.
Más adelante un primo suyo atravesó sierras y chaveteó matorrales con un machete bolo que había caído preso y fue indultado gracias a una campaña gringa #FreeBolo. El primo montó caballos sin silla y comió culebras que seguían vivas en sus entrañas, perdió un brazo que le desprendió un cocodrilo que luego se comió y uso para hacerse un dril, y tuvo que repetir ese viaje para poder llevarle un mp3 que partido en pedazos por el Hacha cabía en tres diskettes pero solo tenían uno. Cuando logró pegar los pedazos quedó atolondrado por la magia del tango, en su sagacidad oriunda de la vivencia rechazada, la carne se le endureció, el sol le cogió pena, y terminó por irse para Argentina a resolver el misterio de Gardel.
A este, era que me tocaba entonces, buscarle la vuelta, para encontrar a la muerte había que andar con pasaporte de vivo.
…trabajo en proceso…