Zatapathique • 22 dic 2025 • 19 min de lectura • 3,695 palabras
El fantasma Francisco me tenía la mano plantada antes de yo llegar. Parecía haberla extendido hasta mi casa hace no sé cuántas estaciones, y había venido conmigo, guiándome por los pasillos de mis desvirtuaciones, alargada por los zigs de las personas hediondas y curvada entre los zags de las cosas ásperas, los cachivaches del tiempo, excuse la palabra, que guayan la piel, cayendo hacía adelante por un abismo perfecto cuyo fondo era el bolsillo de Francisco. La mano parecía tener muerte propia, se movía sin que Francisco tuviera que darle permiso, hasta con él dormido la mano seguía cobrando, a eso le llaman ingreso pasivo, y a base del descuidismo la mano había puesto par de salones de barajas en el Quinto.
Francisco era un pobre diablo, aún estando muerto uno se preguntaba si estaba por morirse. Su aparición intercalaba pedazos visibles con invisibles, como una camisa que después de haberse caído en un charco le entraron a tiros, y por cautela se graduó la transparencia. A veces intentaba rascarse las ñáñaras que aún recordaba y terminaba metiendo los dedos por un hoyo y sacándolos por otro. Así fue como me extendió la mano, metida por la espalda hasta sacarla por el pecho.
—Cinco peso.
—Voy buscando un zapato.
—Cinco peso.
—¿Tú no has visto un zapato cruzar solo?
—Aquí cruza de todo. Cinco peso.
—No tengo dinero.
—Cinco peso.
—Te digo que no tengo dinero, voy a pasar y cuando vuelva te doy diez.
—Cinco peso.
Caminé por la vera de Francisco, confiado de mi destreza para poner un pie delante del otro, cuando estalló una algarabía.
—¡Miren, miren! ¡Un vivo va a cruzar el puente sin pagarle a Francisco!
La muchedumbre de muertos, vivos, curiosos y animales poseídos se mezcló con un aire busca pleitos con ímpetu de tumba-gobierno, y hasta el sol se quitó los lentes para observar el suceso en lo que le hacían un pedicure la muy lambona Venus y el aguanta gorro Mercurio.
—Mi querido, si usted cree que puede, dele —la voz de Francisco se dobló en unísono, un comité de Franciscos formalizó una circular al estilo del merengue epitelial —Ahora bien, usted sabrá lo que hace para volver.
Di un paso más allá de la estructura del puente, y la perspectiva se me volteó hacía dentro del pueblo, como si acabara de llegar cruzando el puente desde afuera y este fuera mi primer paso en la estructura del puente.
—Cinco peso.
—Espérate, ¿qué pasó?
—Cinco peso.
—Francisco.
—Cinco peso.
—Francisco. ¿Qué tú hiciste?
—Cinco peso.
—Mira yo acabo de dar un paso más allá del puente y me devolvió.
—Cinc.. ¿Usted cruzó el puente sin pagarme?
—Te dije que cuando volviera te iba a dar diez pesos, pero no pude irme, el puente me devolvió.
—Pues ahora deme los diez pesos.
—Que no tengo dinero.
—Pues no, usted dijo que cuando volviera me iba a dar diez pesos.
—Sí, pero eso era si yo podía irme y conseguir el dinero, el puente me devolvió inmediatamente.
—Revísese bien los bolsillos porque aquí usted no entra sin pagarme, ya me debe dos peajes.
Por alguna baltracía orniquería me dio por tentarme el cuerpo, meditar manoseando, al llegar a las piernas, sentí que alguien más me consentía sin mi consentir, le entré a trompadas a mis muslos, y noté que en el zapato ajeno sonreía un brillo pecuniario.
—Ah pero aquí tengo dinero.
Alcancé el zapato, lo cargué en un brazo como a un bebé, se acomodó como si fuera su madre, y petuí petuí tui tísh, me chupeteó un pezón, lo soltó, y se quedó como congelado mirándome fijamente por los ojos me reveló hasta las ganas de cagar. Sonrió con la suela y hasta dientes le conté, escupió dos monedas de cinco pesos, tan nuevas como si las hubiesen falsificado ayer.
—Aquí tiene —le pasé las monedas a Francisco.
—Bendito, pero estas monedas están vivas. ¿Usted se está volviendo loco?
—Son diez pesos, ¿no es suficiente?
—¿Suficiente? Hermano, estas monedas están vivas, esto vale más de diez pesos.
—Yo no sé de eso, solo quiero pasar.
—Bueno, allá usted.
Volví al Quinto, a Ultratumba, donde la Mamajuana instruía al Tuerto en el arte de seducir una escopeta que estaba tan descuidada que hubo que darle par de aspirinas para que se animara.
—¡Po! Ay coño, yo no toy por tar tirando, toy ¡po! muy vieja.
Debajo de la barra, la Mamajuana sacó un cable chispeando para yompear un anafe electrónico donde cocía huevos de cuervo bugarrón. —Vieja te voy a decir yo a ti cuando el Ausente venga y no halle muerto.
—Señora —dije. Así, muy descuidado. La Mamajuana parecía no escuchar y seguía con su recado.
—Ni aunque sea una cabeza tu explotas ahorita mija. Tuerto, pónmele compresas de diarrea de ángel con sal de esa tipa para que se despabile.
—Señora Mamajuana —insistí, pero la situación tenía el volumen de una discolai.
—Genaro, ¿qué pasó con la Pati?
—Las barajas, mana, esa mujer no suelta eso. —respondió un enano con cara de piña confundida.
—Esa mujer va a coger …
—Fíjese usté que ahora yo ando atrás de lo muchachos pero como me hago. Yo, medio hombre si acaso, atrás de ochenta y siete tajalanes que ni parecen hijos mío.
La Mamajuana dio un latigazo con el cable desde detrás de los hombros hasta el centro del horno del anafe electrónico, que tras un chasquido y un “¡guay mi mai!” se encendió, iluminando todo el bar tipo llegó la luz, y par de muertos del cementerio se quejaron de que no los dejaban dormir tranquilos. La Mamajuana lanzó un carbón vivo por la ventana, y le respondieron con un hueso rullío directo al cocote, pero antes de eso logré atraparlo con la mano, que se me laceró. En ese momento la Mamajuana hizo las de que me notó.
—Muchacho, si no tienes cuidado vas a salir mal parado. Mira bien a diestra y siniestra —aconsejó la Mamajuana, pero antes de poder escuchar lo que tenía que terminar, quedé embelesado por la sangre que brotaba por la palma de mi mano, donde ahora había un hoyo rodeado de gusanos que hacían de tapón con su succión. Recordé algo que una vez leí o escuché, creo, y el abismo miró dentro de mí.
—La lista pegada.
Abro los ojos al interior de los párpados donde habita un mundo de fábricas de baja resolución a colores sabor petricor impresos en papel predicado. Las alturas de los llanos son el escenario, estoy en todas partes sin poder, sin verme. Una mano me aconseja levantar la barbilla y escuchar lo que vive detrás de las ramas de los árboles violentos, sanguinolentos, soñolientos.
—La lis…
—¿Hace frío?
—ta.
—Digo, sí, por supuesto, hace frío.
—La lis ta pegada.
—No entiendo.
—La Lis ta pegada del Jorge, como una sanjiguela, garrapeateándole los granos con la flor del sieso.
—Fue ayer eso.
—Esa flor la mueve como una lengua acabá de sarampiá.
—A mi no me conviene estar oyendo esa vaina.
—Yo anque sea el medio ripio que me queda le ajivalto, ¿que tú cree eee eee?
La descarga del sanitario no se hizo esperar más de lo que se tardó para llenarse, que no fue poco tiempo. Ahí estaba Yo, Yonson Copioso, Imagine Capricho Sandoval, y la Chori, prima nada más, de El Mocho Elmocho.
Un sancocho, una bocina, par de discos de Teodoro. Una gorda, una pistola, una yipeta con el tanque lleno. Un botella, una pared, una cabeza. Brus Lii, o Yaqui Chan, y una pisca de perico pasao por soda.
—¡Camilo!
—Tenga nieto, cómase ese mondongo bailarín.
—¡Camilo carajo!
—Si yo anduviera detrá de culo namá ueliera mielda.
—¡Pon bien la vaina, coño! ¡Camilo!
—Mi tío abuelo, que sientan los ángele su envergadura, siempre me decía…
—¡No lo doble tanto que me guaya la próstata!
—Un culo no son má que do chapa con pupú en el medio.
—Sí, dale así, ¡me voy a miar!
—Pero cualquiera guillao de borracho, quitao de bulla, güele chocolate.
Un tijerito con dientes de gato me pasó una hookah y le di hasta que chupé el líquido que sabía como a sotana de padre recién colada por algo sagrado pero ilegal. Zafé una tos como un bagazo de china en media Duarte es pateado por un recién atracado, o el recién atracador de aquel dicho padre violador. Llevado por los hombros de los que veo la sombra de un buhonero.
—¿De quién son estas manos?
Sufrí la última cosa que recuerdo…
Se me retuerce el organigrama de la canícula. La vieja Antonieta con las nieves, recién cagadas por María, en un bigote orgullo de Colgate como el teléfono cuando te llamé a la iglesia de Julio el mesías en la cuna del olvido nombres por dinero sucio suelo recoger las tripas en Villa Mella, moda nuevo, testamento tu madre sin ganas, alizar cabello soy Aquino es que le toca al mariachi comentar lo heredado en doble dos para arriba y al B, al ve, tal ve.
Vi un muerto haciendo pechadas en la baranda de una escalera de un edificio gubernamental con la entropía de un hospital con destacamento. Iba contando las pechadas, o alguna cosa, “treinta y nueve, cuarenta, cuarenta y uno, cuarenta y dos, cuarenta y tres. ¡Livio ya voy por la cuarentena! cuarenta y cuatro, cuarenta y cinco…” Un letrero gigante decía, “Oficina Estatal del Estado Gobernante de Cosas que Hacer” y el viento le inflaba la barriga a la señora modelo que sonreía por costumbre.
—¿Y tú? ¿Qué me haces viendo ahí como un mamón? —dijo el letrero por el funcionario, quien iba por las sesenta y nueve. Todo hacía como café con leche que terminaba por no ser café ni leche, pero tampoco no ser café ni no ser leche, puesto que hasta el funcionario parecía ser parte del edificio.
—¿Cómo es su nombre?
—Cruzar Lapara, mucho gusto. Pero no me llamo, la Barbie me me, meme libre.
—¿Usted sabe dónde puedo encontrar una zapatería?
—Una yo la vi en la orilla del río.
—¿Puente Roto?
—El de Francisco.
—Yo acabo de venir de esas inmediaciones, creo. Le debo como 20 pesos.
—Lo mejor que usted hace es no volver.
—Pero necesito un zapato.
—Claramente, pero el cerebro oscuro, no tendrá congregación que lo ampare.
—¿Qué usted recomienda?
—Una encomienda.
—¿Quiere cuarto también?
—Aquí eso no se paga, pega, ¿hay otras palabras con pe y ge intercaladas como los blocks de allá en el barrio?
—¿Qué encomienda?
—Que se vaya para su casa y deje de estar jurungándole la telita a los granos del diablo si no quiere que se le vengan en la cara.
Desperté justo cuando terminaba la llamada del Ausente, y se colgaba el teléfono como un talisman en la cima del cielo raso donde la bombilla incandescente baila con la noche un roncanrol olor a estiércol rebotando en los timbales de zinc.
—Va a llover mierda. —proclamó un mendigo que iba mucho al bar dique a ver los muertos y terminaba por irse llorando con ellos a las tumbas a ayudarlos a enterrar para aprovechar y revisarle los bolsillos. A veces le daban tanta pena que el mismo se vaciaba los de él para ponerles algo para el camino.
—Y tú la vas a recoger por vagamundo. —era la voz de la Mamajuana, pero no era su cuerpo que la desprendía, como aquella vez primera su olor a colegio de brujas retiradas trasteaba las líneas de ropa puesta a secar sin lavar, ahora era el almizcle de un acuerdo sin firmar con la vida, el visaje que alguna vez la abuela de alguien pronunció, ahí en la galería cuando se hubiese ido la luz y las velas contaban historias cortas que la corporación alargaba hasta que se perdía la noción del tiempo y el hilo de lo que se preguntó que se dijo. La Mamajuana. Era ahora toda la extensión de la tentación que chista su nombre.
Los muertos parecían vivos, y los vivos andaban ajustándose las braguetas, cuidando que los zippers no le agarraran el manubrio, pedían romo, café, clerén, cañañá, sangría, vodka a la vodka, y hasta alcanfor llegaron a echarse. Francisco a esa hora dormía y nadie intentaba cruzar el puente. Aquello parecía un bar, el cementerio era una fila que serpenteaba por lápidas que parecían asomarse por los hombros de los turnados. Hasta el sacateclas había exprimido el gorro tantas veces que pensé lo mojaba a propósito y ni de dónde sacaba esa gente tanta energía para plasmarse imberbes ante la última noticia.
No podía mirarla, antes ciega, ahora me cegaba. Se me olvidó el zapato, la dignidad, sin remedio pregunté:
—¿El puente sabe como puedo cruzarla?
Un muerto le dijo a un vivo que le agarrara la cabeza, se echó una botella de anís entera con todo y vidrio entre el hoyo del cuello, y se puso la cabeza con la boca de la botella como soporte. Empezó a hacer ademanes que hace un siglo pudieran haberse visto como fintas de boxeo, pero ahora parecía que le rascaba el pecho y la espalda a alguien que tenía frente a si.
—Usté lo que un freco, ¿cómo me le dice eso a esa dama?
Se le unieron dos mediterráneos.
—Así, ¿y esa frente? ¿Y esa licencia de chofer de patana?
—Lo que hay que lincharlo.
En ese momento se dieron todos los tragos que hayas visto en tu vida, hasta la Virgen se vació el Extra Viejo que le goteaba marrón por la barbilla como miel en marfil. Se me abalanzaron unas doscientas libras de despojo funerario, y justo cuando me iban a ensartar con la varilla de una verja colonial, una voz abrió las puertas de una luz de nadie.
—Dejen que los vivos excaven a sus vivos. —la dulzura punzante me hizo recordar que no era yo quién estaba allí.
—Disculpen, este no es mi cuento, yo andaba drogado en la 42 por una hookah que me dio un menor y ahora estoy aquí. Lo siento pero tienen que buscar al personaje que le toca esta escena, tengo que hacer una llamada para que me vengan a recoger.
—Diantre, Livio, ¿tú no apuntaste bien los nombres de la gente fue?
Se empezaron a dispersar. Uno se iba quitando la prótesis de la cara, una tutuma que parecía un tumor con pus donde iba el ojo derecho.
—Yo te dije a ti que lo mío es tramoyismo, no casting, eso es producción que como ahora nada más andan con la ley de Cine sin pagar impuestos no se apean de un avión.
Disculpe lector, le describiría lo que sigue pero en estos momentos la persona que debe estar aquí está indispuesta. Denos un momento. Mientras tanto, vaya leyéndose este pasaje cortesía de Medios Bolardos La Isla.
Si estás cansado de contestar el teléfono a gente que te llama sin decirte que te va a llamar primero, porque la tecnología te calcinó el cerebro a tal punto que tus nervios son de vidrio roto pegado con saliva, y escuchar el tono o sentir la vibración de un aparato te pone al borde de la locura donde no admites estar en todo momento. No te preocupes.
—Hola.
Un hombre con sábanas de brazos apuntaba, o dejaba al viento apuntar, una nube con forma de camello. El camello me hablaba.
—Hola, te espera el Mariguelto Albelto, el te ayudará.
Pestañeé, el camello se esfumó, las sábanas seguían a la merced del viento, el olor a jueves del detergente recién desparramado de la funda entre los escombros que bordean los contenes donde acaba el exceso de agua del lavado, me recordó que tenía hambre. Rosita cocinaba un sancocho estupendo, para chuparse los dedos, acompañado de un Barceló del que salía con el Matatán en la televisión que tenía dizque una cruz al revés en el cuello. Prendí el radio y se soltó Teodoro.
Esa noche le di como si le quisiera dar, y cuando se vino le di un matapollo entre las alas. Tosió, no dijo nada.
—Ustedes los ángeles privando en santos.
Me miró con el fuero universitario de una monja que le tenía odio al cura y secreteaba fantasías con el pastor evangélico de la esquina con la excusa de ir al colmado que estaba al lado de la iglesia en hora de culto. Después venía a hablarle al cura de lo chopos que son los evangélicos porque no tienen al Vaticano que los avale y el gobierno usa los servicios de la Católica, la única religión, perdón, La Única Religión CxA.
—Si fuera un menor te gustara más.
Le sometí la pregunta de un colín de 20 que le saqué por el otro lado del vientre.
—Hoy se bebe.
—Bebé, yo no voy a recoger eso.
Me pasé esa noche descacarándome la piel de cristales rojos, de sangre, por supuesto, porque Habemus Papam, carajo, y habemus que celebrar.
Fui a comprar una G, para prender una W, con la B, en mi Q, sin pedir P.
Cuando uno no anda muerto lo viven enterrando. Una vez que yo me atreví a venirme en ti, de pronto se planeaba una matanza en el bar. Uno se estaba dando trago tras trago de un vaso que parecía una cubeta con asa, o una taza gigante. Se daba un trago y antes de tragárselo se daba el otro, creo que no respiraba, o la beba era su ciclo respiratorio.
Por razón coloquial, Tukukakechinkun Peres Gutierres, parado frente al río de lágrimas, extasiado de una perforación mondonguil que prometía ser su boleto al quinto caldero de Lucerna, contempló la idea de arrancarse todos los pelos del culo para almidonar una pócima aceitosa de peinarse los huevos.
Ahí en la orilla me lo encontré, no recuerdo como llegué, pero lo vi, y supe que me esperaba, aunque no hacía mucho bulto ni indicaba percatarse de mi llegada.
El Mariguelto Albelto se sabía los nombres de todos los que se habían muerto un martes 13, y era quien mandaba las maldiciones para que se quedaran con la cara retorcida los que hacían muecas cuando cantaba el gallo. El día que bajaron los haitianos buscando a quien darle el diablo para satisfacer la deuda multigeneracional y desgraciadamente evangelista de la que todos éramos obligors, el Mariguelto Albelto se estaba poniendo un piercing en una teta y por taparse la nariz del grajo de aquella bandada terminó halándosela hasta que ni al tapón de ahorita se ha atrevido ese pezón a levantarse del suelo. Por andar vendiendo solares en el Cielo, un día terminó garabateando el título del parqueo de Jesú Corito, primo hermano del Cordero Veeh, el más blasfemo de Guachupotencia, y ahora tenía una deuda eterna que pagar pero no sabía a quién mandarle los cheques, y eso era el saco que llevaba como una joroba en la espalda.
—La profesión académica de limpia vidrios. —dijo.—¿lo ha visto usted?
Se ajustó el saco en la espalda, lo miré por un momento, un molusco en constante flujo, desformándose formalmente, con una solemnidad harapienta y un oficio impecable.
—No ese, no. A ese no lo tiene que ver mucho que no es asunto suyo. —dijo mientras le daba unas palmadas al saco, que se retorcía como un perro alegre. Le dio una rascada y el saco meneó el nudo, se movió e hizo sonar los cheques, una lluvia de papeletas. —Ese es mi muchacho, siempre activo como un vivo, pero más buena gente que un muerto sin apellido.
—Me dicen que usted tiene una yola para cruzar el río.
—No se diga más, yo estoy cansado de esta orilla y Flete aquí quiere estirar los taloneros. ¿Qué busca usted de aquel lado mi querido compañero?
—Un zapato.
—Efectivo. Pues estoy seguro de que en su empresa triunfará si se acostumbra al grajo de un servidor, el Mariguelto Albelto.
Del otro lado del puente, un abuye cantaba desde los matorrales algo que sonaba a maldición o a propaganda de colmado. Pararse a ver el río era como… Bueno, ¿qué te guiso? ¿Tú quieres que te describa algo que te descobambule la modorra de la rutina jedionda que filtras en las pescas? Pues sí. El río olía a lo que huelen los ríos donde la gente tira las vainas ya sin recordar por qué, como una ofrenda, y brillaba como aceite de freír las tripitas de ayer.
—Allá vamos a encontrarnos con los párrocos, ellos tienen una iglesia-colmado en el pajonal, y no pagan impuestos.
La orilla se acercaba a la yola como una lengua intentando lamer una gota de helado antes que caiga al suelo. Encallamos en una piedra con forma de anzuelo, y la yola se acostó de lado, el Mariguelto Albelto la arropo con lo que solo podía ser el hermano de su saco Flete.
—Vamos para allá, que aquí los pescadores son amigos míos y no me manosean la yola. Ella es nerviosa porque una vez un tiburón le pidió el Facebook.
Flete respiró como un pulmón de alguien que se ríe, salió volando un cheque que después de hacer piruetas en el aire y dejar claro que decía, “para el César, que no se deja dar lo suyo” y debajo, “tres mil tablazos y un abrigo moquiado por un español en un avión que apareció volando vacío en el Triángulo de las Bermudas” cayó en el río y se desbarató como un frito flaco en aceite bravo.
—Así es que son. —lamentó el Mariguelto Albelto. —Cría cheques y te sacarán del banco, siempre decía el nieto mío.
Un murmullo terminaba con aquella mañana. El sol se tiró por el tobogán del oeste, y cansado de esperar tanto en el tapón, le dio paso a una noche intrusa con una luna medalaganaria que tiró par de estrellas aquí y allí y después soltó el resto a lo loco y quedó la vaina como una argolla de plata saliendo del glande de un moreno que me miró y dijo:
—Metí lo que me pediste donde sentí que cabía natural.
Lo prometido es deuda, la historia continuará, pero no sabemos cómo, ni dónde, ni cuándo, pero junto a ti.