Zatapathique • 16 dic 2025 • 13 min de lectura • 2,438 palabras
Desperté acariciado por un bajo a pollo muerto mojao, con un zapato que no era mío amarrado al tobillo con una correa de reloj sin hora ni ganas para pedirla. El piso del bar Ultratumba era de un frío que subía por los huesos como chisme por edificio, y las baldosas, algunas partidas desde antes que las pusieran, me plegaban la cara con ese asco de las cosas que saben que les vas a caer encima. Intenté levantarme y el techo me devolvió al suelo con una pescozada que me puso las caderas a bailar un merengue fermentado en velón derretido y ese peculiar olor a muerto de la pupú con cloro.
Por la ventana que daba al cementerio entraba una claridad color amarillo diente con aliento a crisantemo turquesa. Saqué la mano para sentir la neblina y la metí torcida, sin sensación, lubricada de una mucosa transcendental que se quedó como un pasajero que dijo que solo tenía veinte y siguió hasta el final de la ruta.
—¡El que saca la mano la mete tullía! —vociferó un hombre que explotó en carcajadas que siguieron riéndose aún después que se disipara el gas que quedó de la explosión.
—No le hagas caso, eso lo sabe cualquiera que haya velado en Ultratumba. —dijo otro hombre mientras se tambaleaba coreográficamente— Pero uno siempre se engaña, o tiene la mala costumbre, y piensa que el cementerio es de lo de uno y le tiene consideración. Pero el cementerio es un muerto de hambre sin nada más que hacer, ese azaroso.
—Tuerto, búscate el suape y recoge a ese cliente. —ordenó una señora detrás de la barra. Era la Mamajuana, que desde las 5:40 ponía a colar el café con esa parsimonia de las mujeres que han enterrado más hijos de los que han parido. Nadie sabe su edad ni su nombre, se lo cambió más veces de las que ha visto clientes morir, para que no le hagan mal de ojo, ella que de por sí está ciega. Le dicen la Mamajuana porque todo lo que sirve cura una vaina y enferma otra, porque tiene ese color de mejunje guardado que se revuelca en su gaveta, porque cuando te mira sientes que se te para lo que habías dado por vencido y después te preguntas que estás haciendo con tu vida, y si aún la tienes, ni hablar de bajo control. Dicen que llegó al pueblo antes que el cementerio, que fue ella quien decidió dónde poner los muertos y dónde los vivos, inclusive que formuló y estableció los estatutos para la resolución de conflictos entre muertos que reclamaban los mismos fosos, y que construyó el bar a puras remesas que le mandaban en los rezos su multi-apellidada estirpe, quienes con cada generación reclutaban otros fieles que les pasaran un porcentaje de los rezos a ellos y así ellos no tener que rezar, con la promesa de que un día ser pudrían sus propios jefes. Era raro ver a la Mamajuana mandar, porque las cosas se mandaban solas de acorde con su voluntad, y ella se limitaba a sonreír cuando era apropiado responder alguna pregunta. Otros dicen que ella misma es un trago que alguien dejó sin terminar y que sigue ahí esperando que vuelvan a buscarla. A esos no los han vuelto a ver.
—Mijo, mira bien dónde tú estás —me dijo como si pudiera verme, colando el café con un trapo que solía ser el velo de una plañidera—, aquí no hay juguetes.
Arrempujando las pupilas entre el estrabismo perpetuo, miré. El bar tenía esa arquitectura de las cosas que se construyen sin plano, donde el maestro constructor gastaba más en romo que en materiales y deportaba los haitianos cada dos meses por lo que el nuevo grupo tenía que empezar otro pedazo con nueva técnica: un pedazo de zinc mirando para un lado, otro carcomido dándole la espalda, un bloque sin empañetar opuesto a otro que parecía empañetado con mierda, una columna que no sostenía nada pero que nadie se atrevía a tumbar por si acaso. Las mesas eran de plástico Duraplast, el mismo plástico de todas las fiestas y todos los velorios, y las sillas, que no combinaban entre sí ni consigo mismas, vivían cambiando de lugar incluso con los clientes aún sentados en ella, y a veces se iban a sus casas y se quedaban los clientes como reemplazos de sillas, y hasta hubo un pleito una vez porque salió preñada la mujer de un muerto y le parió un espaldar que decía Presidente. En una esquina había un altar con una virgen de yeso quirúrgico a la que le faltaba una mano y llevaba un yeso en la otra, rodeada de velones de todos los colores, menos morado porque no quería saber de los comesolos, y una botella de Brugal que había que rellenarle a diario porque si no le mandaba un guanguán a algún vivo familiar de un cliente. Detrás de la barra, un letrero escrito con marcador agripado en una tabla de madera que parecía un queso suizo decía: "No hay na má bueno que lo malo". Debajo, con otra letra: "Fío mañana".
Afuera, la gente empezaba a moverse apurada por darle la vuelta al pueblo para poder seguir dándole la vuelta, pero algunos daban media vuelta y se quedaban mirando para arriba o hablando con una pared o una piedra. Pasó un gallo con un megáfono predicando la Palabra, un perro gruñía por la fila para mear la única tubería por donde también llegaba el correo, y una vieja lijando el asfalto con las chancletas, en la única calle asfaltada que también era donde estaba la estación del Muertro por donde llegaban los clientes del bar. Doña Gadaño, Juana Gadaño, llevaba cuarenta años haciendo hoyos para llamar a las noticias y salir en entrevistas quejándose de que nunca arreglaban las calles. Decían que cuando venían los camiones a tirar la brea ella se amolaba los pies y les voceaba que eran unos sinvergüenzas y que cuando era que iban a recargarla el Bono Gas.
Los primeros muertos llegaron antes que el sol terminara de treparse por encima del cementerio. Entraron tres, dos hombres y una mujer que era uno de los hombres que se había hecho mujer pero al morir según las reglas de algunas franquicias la transición partía en dos el alma. Flotaron con la prisa de una diligencia hecha con cuartos ajenos. Se sentaron en la barra sin saludar, pidieron café con azúcar que como quiera les supo amargo, y se quedaron leyendo en la pared una letanía que solo ellos podían ver. La Mamajuana les sirvió sin preguntar, sin cobrar, sin hablar.
—Esos muertos no saben que lo están —me dijo la Mamajuana, y no sé si era explicación o advertencia—. Vienen a desayunar antes que les prendan la vela. Después de eso no pueden tragar sólido. Preguntan por médico y la gente se les ríe. Algún rezado les cuenta que la medicina ya no existe. De ahí es que salen muchos en pena.
—Eso les pasa por andar mamoneando en vida —dijo un cliente apoyado de la columna en el medio del bar. La Mamajuana lo apuntó con el dedo meñique del pie derecho que se asomó por debajo de un vestido que parecía una bata de dormir de boda y un mantel de cumpleaños que acabó por ser el primero de unos nueve días.
—El problema e que tú cree que tú va viví pa siempre —le dijo, y se llevó la jarra de café vacía hacía el cuarto de atrás de donde nadie salía.
Afuera sonó como un tiro de una nueve niquelada con el autógrafo de un coronel, le respondió la tos sincopada de un gallo que se despertaba tarde. El perro sin mear iba en dos patas con las de arriba cruzadas con un solo chisme. Juana Gadaño maldijo un viejo del que nadie escuchó el nombre porque pensaron que decía algo del asfalto. El sol no terminó de subir porque había un tapón en las estrellas por un asteroide que quería caer en la Tierra sin visa y se le tiró la Digesett a ver si traía haitianos indocumentados.
A uno de los muertos que no sabían que estaban muertos se le resbaló un vaso de la mano y cayó al piso pero el que se rompió fue el muerto. Sus compañeros quitados de bulla. El vaso rebotó dos veces y se quedó girando en el mismo sitio como un trompo.
—E duralé —dijo la mujer que era el mismo hombre que se había roto, y el muerto entero asintió mientras los pedazos del otro se levantaron un momento, y volvieron a caer.
—Así e que dicen que sí lo muerto roto —dijo el cliente que había altercado con la Mamajuana, una de esas gentes que se parecen a todo el mundo y aún así son raros.
Me levanté del piso finalmente, con el zapato ajeno todavía amarrado al tobillo, con la mano todavía tullía, abobado aún por el bajo a pollo muerto mojao y la chercha de unos viejos invisibles que parecían acechar las nalgas que a falta de cuerpos no podían agarrar. La Mamajuana me sirvió un café sin que yo lo pidiera y yo me lo tomé sin tener para pagarlo. Todo se paga en el más allá.
Uno de los muertos dejó el vaso en la barra, se levantó, y caminó hacia la puerta moviendo la cabeza de lado a lado, tronándose del cuello una tortícolis continua.
—Allá tú —me dijo al pasar, como si no estuviera ahí—. Allá tú.
Al otro lado del puente roto que llevaba al resto del mundo, el fantasma Francisco ya estaba cobrando peaje a los que querían cruzar, aunque no pudieran. Desde aquí se veía su silueta transparente contra el sol entaponado en el amanecer. Dicen que Francisco salió espantado del cementerio por una fiesta de palo de unos haitianos y se ahogó cruzando el río porque no sabía nadar y se le olvidó que los muertos flotan. Ahora cobra el peaje para comprarse un boleto a la Puerta del Cielo.
Bueno, hoy es domingo, pensé. Los Santos andan en trabajo.
El teléfono del bar sonó. La Mamajuana contestó, escuchó, y después recordó que no tenía línea el teléfono.
—Es el Ausente —dijo—. Está llamando de Nueva York.
Los muertos que quedaban en la barra se miraron entre ellos. Uno de ellos se persignó.
—Mira este dique católico, el señor reprenda —dijo otro al que la cruz le disgustó.
—¿Y qué quiere? —preguntó uno que parecía más querer chisme que ron.
La Mamajuana me miró como un ciego a un niño, que es lo mismo que cuando mira una pared, o cuando recita que las rosas son rojas y la sangre de Cristo es vino.
—Quiere saber cuántos se han muerto esta semana en el bar.
—¿Y cuántos se han muerto?
—Ninguno.
La Mamajuana puso el teléfono en altavoz y lo recostó de la botella de Brugal de la virgen.
—¡CÓMO QUE NINGUNO! —la voz salía con ese delay de las llamadas del más allá, o de Washington Heights que es casi lo mismo—. ¡Mamajuana, usted me ta cogiendo de pendejo! ¡Una semana! ¡UNA SEMANA sin un tiro, sin una puñalá, sin meterle un trepasito a alguien siquiera! ¿E una iglesia o un bar que yo tengo?
—Don Ausente, e que la cosa ta tranquila...
—¡TRANQUILA! ¡Tranquila dice ella! Mire, yo me fui de ese país para no tener que aguantar la bulla, pero si no hay bulla tampoco hay negocio. ¿Usted sabe lo que me costó a mí levantar ese bar? ¿Usted sabe cuántos muertos enterré yo ahí con mis propias manos para derramarle la salsa que se baila encima?
Uno de los clientes asintió con respeto. Otro pidió otro café y uno le dio una galleta por freco.
—Don Ausente, yo no puedo obligar a la gente a matarse...
—¡Y POR QUÉ NO! ¿Pa qué yo le pago? Póngale música mala, súbale el precio al ron, dígale a uno que la mai lo mentó en sus rezo, ¡ALGO! ¡Esto es un bar, coño, no es un convento! No, que va, ahorita de un convento salen par de monaguillos muertos. Yo sabía que tenía que invertir en la católica.
—Esa es la única religión —confirmó un cliente que recogía bolitas de cera debajo de los velones mientras la virgen se ajustaba la falda.
—Yo soy un hombre que sufre de la presión. Aquí, con un frío que jiede porque ni bañarse puede uno, y usted allá con ese bar como un velorio sin muerto. Mire, voy a coger el próximo vuelo para allá y al primero que vea le pego un tiro y después pregunto el nombre para el panegírico.
—Don Ausente, usted no puede coger vuelo, usted no está...
—¡YO NO ESTOY COMO ME DA LA GANA DE NO ESTAR! Si tengo que volar, vuelo. Si tengo que nadar, nado. Si tengo que caminar por encima del agua como el hijo del barbú, pues camino, aunque a mí no me gusta mojarme los pies porque me da una gripe y usted sabe que no puedo tomar pastillas por el corazón si no las de eso. Espéreme ahí que voy llegando. Y más le vale que cuando yo llegue haya por lo menos un herido grave, que aunque sea de camino al hospital se desangre.
—Don Ausente...
—¡Y NO ME LLAME MÁS HASTA QUE HAYA SANGRE! ¡PAZ A SUS RESTOS!
—Buenas tardes, la hora exacta, 8:54. La temperatura, 16 grados. Gracias por llamar.
La Mamajuana guardó el teléfono en una caja de galleticas de esas que se compran para guardar hilos de coser.
—Bueno —dijo, y empezó a secar un vaso que ya estaba seco—. Ya ustedes oyeron.
Los clientes se miraron entre ellos. Nadie dijo nada. El que se había roto lo estaba barriendo un compañero. La música despuntó el alba en el momento que se abría paso el tapón, la Digesett permitió bajar del asteroide una comparsa de haitianos y veinte chinos picapolleros desheredados.
—¿Y qué hacemos? —preguntó el chismoso.
—¿Cómo que qué hacemos? —la Mamajuana dejó el vaso, lo mojó y agarró otro para secarlo—. Alguien se tiene que morir.
Lo dijo como quien dice que hay que barrer, o que se acabó el hielo. Una diligencia más entre el colmado y la farmacia.
Yo me quedé con el café frío en la mano, el zapato ajeno en el pie, y unas ganas de tirarme un peo que me asusté que iba a perder el culo si soltaba.
E duralé, pensé.
E duralé.
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