Zatapathique • 30 dic 2025 • 5 min de lectura • 951 palabras
Yo siempre he sido medio gótico, han venido tiempos en los que hasta he privado en vampiro. La conocí en una fiesta de romo cuando yo ni bebía, y me soltó en banda cuando salí de rehabilitación. En una de mis recaídas la muerte me ofreció trabajo, en ese entonces me pasaba todo el día buscando alguna estrella para bautizarla con mi apellido. Llegué a concertar un plan para engañar a la NASA moviendo los mapas estelares pero no me percaté que eran digitales. Hasta el día que conocí al viejo Liborio, astrónomo de hobby, se le habían extraviado los años entre nebulosas y cinturones, le confesé mi convicción de la existencia de vida extraterrestre, me invitó a su casa. Creo que quería romperme el culo pero por si acaso lo maté. Nada burdo, le prendí los sesos con el cable pelado de la extensión del telescopio. Flotando en el olor a puerco asado y cabello fumado, en esa montaña donde el cielo apuñalado sangraba luz sin remedio, se me presentó la muerte.
Charlatana que me salió, mala paga y regatona. Me llevaba dos y me decía que los morenos valen medio, pero que esos ni eran tan fuertes. Le tiraba plagas a un pueblo y salía con que esa gente se iba a morir de hambre como quiera, y si acaso me pagaba la mano de obra. Un día tronó por la central la voz de un don que parecía rascarte el alma con la barba al hablar, quedé mareado con la primera palabra. "Chǎdor, venga a ver qué es lo que quieren, parece otro drogadipto."
Después me dijo la muerte que era Dios, ese mismo, preguntando por el Cordero, cuya carne tierna no se olía desde que la muerte le dio una bola para Jerusalem y más nunca, y se fue en una con que María era un cuero, y que un día de estos iba a sobornar un Papa para condenar a José a quién él nunca le aprobó la canonización, pero que por cierto, para que no se le fuera a olvidar, que el contrato con la humanidad hace rato estaba pasado de siglos y eso estaba por irse a legal.
Efectivamente, concordaba el televisor, entre los desmadres callejeros donde las enfermeras no bien canalizaban se ponían a probar la pureza de los kilos y hacer abortos expresos para climatizar los úteros para el próximo inquilino que ya había firmado el contrato, se podía distinguir, como a los políticos en sus cenas de caridad, la fila que se armaba en el palacio de justicia. Entre los entrevistados dice un robot, que está harto de responder las mismas preguntas, que vayan a joder a su abuela, y les tira el café tibio encima y computa con poder escupirles la cara. La gente ya no sirve para nada.
Un niño con alas de papel fue que depositó la demanda. A San Pedro le faxearon la citación, y como él no sabe de esas vainas y era uno de esos viernes donde el trago ahogaba a los nuevos muertos en las puertas del cielo, puso un querubín de voz melodiosa a cantársela, y no le dio tiempo ni de plegar la cara cuando en la pared del cielo se escribió la carne.
¡Mierda! seguido de un rayo divino, fue todo lo que se escuchó.
En el tribunal estaba hasta el diablo, con la cola engomada y ensacado hasta la asfixia, con un bigote filoso que parecía tener planes propios de dominio terráqueo. Llevaba un bosque de barba igual de punzante que su tridente, con el que, entre flash de paparazzi y mal de ojo, se lo metía a las fans, y ellas se iban con una sonrisa menstruando por el sieso. Unos ángeles del otro lado del púlpito cuchicheaban envidiosos, y cuando Luci fallaba una ensartada en alguna flaca infeliz, más por diablo que por viejo, se reían con una teatralidad de cronistas de arte.
Ese mismo día dejé unos documentos en la fiscalía para limpiar un asunto de la Muerte que se llevó un menor hijo de un coronel, y él tocaba un mambo con el puño en las mesas de cada oficina en todas las estaciones vacías, amenazando: "Así tenga yo que matarme le pegaré un tiro a la muerte."
A la salida me encontré con el Perpendejo, leyendo sus poemas sin palabras mientras se le nublaba la visión como a un alfiler. "No esperes que la muerte llegue para dejarla venir dentro," dijo en lo que yo revisaba en la lista el siguiente difunto, jarto de la vaina.
Mientras tanto la muerte dándose vida. Era un día de esos alto católicos en los que se arrebataba a los cadáveres con incienso hasta que se creían vivos, titiritéandose a las tiendas a comprar elegancia hasta para el ataúd que van pagando mensualmente. La muerte a rédito.
En el mapa de los recuerdos, donde le di un estrallón a la calle, caí en que no recogí al don astrónomo. De camino al telescopio me llamó un programador casado, que fuera verlo en un festival donde no hablamos pero dos fantasmas me ofrecieron unos bizcochitos y me preguntaron si quería ser mi propio jefe. Cuando pregunté cuánto facturaban al año el ectoplasma se les enverdeció.
Con un bajo a sangre cagada encima, me metí a la casa de un ricacho y me di una ducha. Cuando me sacó, volví a entrar y lo asesiné, y luego comí sushi en su mesa. Tuve que armarme de coraje para decirle que no y mil veces no a la muerte, y como quiera me mandó para el purgatorio con la máxima clásica: "la última es la vencida." Y aquí estoy, ven a ver.