Zatapathique • 31 oct 2025 • 2 min de lectura • 253 palabras
Remilgio andaba como que había cobrado en dólares, ya sus años se cambiaban a esa tasa tan inflada, como iba su pecho gris.
La gente lo miraba con intención, como se mira un hombre, con holgura y plenitud.
—Que buen porte don Remilgio
Recordó lo que las nubes de los años le difuminaban. Dio un paso tan firme que la gente pensó que se iba hundir el barco sin darle mente a que estaban en un edificio.
—¡Caramaba Remilgio!
La golondrinita de Fulgencio, que acariciaba unas plantas en lo que las de sus pies descubrían el viaje en el tiempo, causándole celos futuros al marido hoy sin conocer, lo avistó de reojo, y en un dos por tres dejó en plena inauguración una sonrisa y corrió para su casa.
Uno lo vio y nada más meneó el puño como quien mezcla un sazón bien espeso.
Una risotada de los vitilleritos casi le da el golpe desgraciado si no fuera porque la Beba, más vieja que el hambre pero al ras como el agua, le asintió su aprobación ante-octogenaria.
—Remilgio, olvídese del mundo y siga a Cristo, el murió por sus pecados y en el tercer día se levantó.
En la casa guindó los zapatos en la caladera, pintó con los dedos una cruz en el diván del pote, y azucenas miró con el hambre atravesá.
—Frigia vea, que la paihtillita prendió eta vesss
Frigia era un cadáver, lo miró con un pie en la cama de no se sabe cual demonio.
—Deguanábaname Remilgio