Zatapathique • 08 feb 2026 • 3 min de lectura • 440 palabras
A veces me doy cuenta de que cargo cosas que no necesito, no porque las vaya a usar, sino porque algo dentro de mí teme la idea de no tenerlas “por si acaso”. Me pasa incluso con cosas pequeñas: si salgo un par de horas, llevo la 3DS conmigo, y aunque no la he usado ni una sola vez en dos semanas, también meto el cargador. Es ridículo si lo pienso: ¿cómo es que estoy preparándome para un escenario que ni siquiera entra en las posibilidades reales de lo que voy a hacer?
Lo curioso es que esa preparación no viene de una decisión consciente. Es un reflejo. Un hábito tan automático que ni cuestiono la lógica: llevo la consola “por si me da con usarla”, y el cargador “por si ese ‘por si acaso’ además se queda sin batería”, como si fuera probable que de repente encuentre un lugar para desconectarme del mundo y ponerme a jugar y cargarla en medio de lo que sea que estoy haciendo afuera. Es una cadena de escenarios inventados que no resisten un análisis de dos segundos… pero aun así actúo como si fueran reales.
Y entonces me pregunto: ¿cómo llegué a desarrollar ese tipo de reflejos? ¿Ese nivel de autoengaño suave, silencioso, que se siente lógico por dentro pero absurdo cuando lo pones en palabras? Es como si algo en mí estuviera siempre esperando un pequeño desastre, una micro-catástrofe que ni siquiera pertenece al mundo real. Preparo soluciones para problemas que no pueden ocurrir dentro del espacio real de lo que estoy haciendo.
Y lo inquietante es que, cuando lo miro bien, siento que esto no es solo mío. Parece algo que está pasando a muchas personas. Una especie de ansiedad disfrazada de previsión. Como si estuviéramos entrenados para pensar en fallos que no están ahí, riesgos que no existen, futuros que no tienen ningún compromiso real con el presente.
En el fondo, este comportamiento nos está diciendo algo importante: que tal vez estamos viviendo más en escenarios hipotéticos que en la realidad misma. Que quizá ya no distinguimos entre el riesgo real y el riesgo imaginado, y que actuamos como si nuestros peores “y si…” tuvieran más autoridad sobre nuestra vida que nuestra propia experiencia.
Si de verdad es así, entonces hay una advertencia aquí:
estamos organizando nuestra vida alrededor de amenazas que no existen, y cada pequeña decisión diaria refleja ese miedo.
No solo cargamos cosas de más: cargamos preocupaciones, historias internas, versiones de nosotros que no confían en el presente.
Y si no vemos esto a tiempo, podemos pasar la vida planificando para mundos que nunca van a ocurrir.